Me enfrento de nuevo a una mañana calurosa, el abanico en mi techo es el único ruido que hay en todo el departamento. Mis calzones apretados aplastan mi erección matutina y me recuerdan que el sexo es importante, especialmente para quien nunca lo tiene. Para mí. No quiero salir de la cama, prenso mi pene contra el colchón, muevo mis caderas. Respiro entrecortado y abro los ojos. Hoy es el día, ya lo decidí. Hoy no malgastaré ni un centímetro más de dureza ni un mililitro más de semen en la toalla azul debajo de mi cama. Me avergüenza ser el que siempre habla de sexo, el que siempre demuestra que está necesitado de afecto, pero mientras el tiempo sigue pasando la obsesión crece.
Tomo un baño, el jabón de menta me despierta. Me gusta la sensación que deja de leve picor bajo mi prepucio. Estoy orgulloso de no ser circuncidado, quiero un pene sin circuncisión, son más divertidos, pienso. Me visto y empiezo el día. Desayuno, revuelvo unos huevos y me hago un omelet. Pienso en todas las veces que le hice el desayuno a mis amantes, en toda la juventud desperdiciada en one-night-stands. Pienso en Jakub, el checo de diecisiete años, en la ilegalidad de nuestro amorío, en la suavidad de sus labios sobre la cabeza de mi pene, vuelvo a tener una erección.
¡Ya, disfruta tu omelet!, me digo, deja de pensar en sexo. Aunque por más que trate, en el fondo de mi cabeza está la promesa tempranera que me hice, hoy se termina el periodo célibe. La erección no se disipa, me gusta tener erecciones en mis skinny jeans, me gusta sentir mi erección contra la mezclilla ajustada, me gustaría tener una rostro pegado a mi paquete en este momento. Salgo a caminar, tengo tres metas a corto plazo, entregar la película que renté el sábado, pagar la luz y comprar algo de fruta en el supermercado. Tengo tres fantasías también: tener sexo en el transporte público, trabajar de puta en una parada de traileros y masturbar a un desconocido en un concierto. Tengo que hacer lo que tengo que hacer.
Llevo la película, me paseo por los pasillos para ver si algo interesante ha llegado en los últimos días. Nada. Lo único interesante es el rubio de cabello largo y cara de niño que atiende. Creo que se llama Gregorio. Podría ser miembro de un boyband, porqué tengo esta debilidad por los twinks, me pregunto al entregarle la película y trato de oler su pelo mientras se da la vuelta. Nos vemos luego, le digo cuando salgo sonriendo como un estúpido, como un pervertido.
Siguiente parada: Soriana. Fue la siguiente parada, pero nunca sospeché de qué tipo.
Decidí entrar al baño antes de ir por unas fresas, plátanos y manzanas, pero algo me pareció muy extraño, el ambiente era espeso dentro de los sanitarios. Había una fila inexplicable de hombres y sólo uno en los mingitorios. Tal vez mucha gente iba justo a esa hora de la mañana a cagar, la digestión trabaja de manera colectiva y rara. Yo no iba a esperar, me dirigí al último de los mingitorios. Sentí la mirada de al menos dos hombres, me excité. Mi cabeza empezó a jugar con la idea de tener sexo con esos desconocidos, justo ahí, en un lugar público y sucio.
Estoy frente al mingitorio, mi pene no está del todo flácido. Odio cuando esto me pasa, normalmente es en los baños de los bares. Hay divisiones entre cada uno de los miaderos, pero mi miembro en lugar de ceder ante la orina, se endurece más, lo sacudo un poco, crece más, se empieza a lubricar el glande que brilla y se hace aún más rosado. No puedo evitar seguir. De pronto vuelvo a mí. Un hombre me ve fijamente por el espejo de los lavamanos, nunca me di cuenta que el ángulo era ideal para que alcanzara a ver lo que estaba haciendo. Se toca la entrepierna y me sonríe descaradamente. Tiene jeans ajustados, cinturón con hebilla grande y bigote, un ejemplo de masculinidad norteña. Estoy más caliente que ninguna otra vez dentro de ningún Soriana. Le sonrío, me desconozco, me doy media vuelta y le muestro mi pene en toda su grandeza. Empieza a caminar hacia mi lado, se desabrocha como si fuera a orinar. Al escucharlo acercarse me doy cuenta que tiene botas. ¡Botas! En qué me estoy metiendo, ¿un hombre con botas?, tal vez me golpee, esto debe de ser un malentendido. Miro al techo, escucho un pst, pst, y siento su mano tratando de llegar a mi pene.
Desfallezco. Un shock despierta cada vello en mi cuerpo, no puedo creer lo que está pasando. Huelo su excitación, me atrevo a asomarme a su mingitorio, tiene una cabeza grande y deliciosa, jamás vi algo así. Esta completamente lubricado. Quiero tirarme al suelo, quiero que pase su verga por toda la cara, quiero poner la nariz en sus huevos, quiero que se venga sobre mí. Estiro la mano, alcanzo a tomarlo por el talle, muevo su prepucio arriba y abajo, arriba y abajo. Me huelo los dedos, los chupo, escupo en mi mano y regreso a seguir masturbándolo. Estoy a punto de estallar.
Una mujer grita: voy a entrar a limpiar. Me quedo frío. Acomodo mi pene todavía duro como puedo en mis pantalones y los cierro. Salgo corriendo. Llego a mi cama, pongo mi mano dentro de mis boxers, termino lo que el desconocido de hebilla y botas comenzó.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment